A otro perro con ese hueso

por Luis Alejandro el 1 de junio de 2010


Todos aquellos que nos hemos enfrentado alguna vez con la duda sabemos que tal encuentro puede ser paralizante, bloquea nuestra voluntad, nos sume en la confusión y todo aquello que otrora parecía cierto se torna repentinamente en una mala idea.

La duda no siempre surge del mismo lugar, en ocasiones se basa en la incapacidad de reconocer nuestras propias cualidades, a esta duda la llamo “la duda de mí mismo”, en otras, la duda tiene más que ver con masticar demasiado las cosas, a esa la nombro “la duda reflexiva”, pero otras veces, la duda viene de no saber soltar, pues elegir algo siempre implica dejar otra cosa en vez, a dicha duda la denomino “la duda acaparadora”.

La duda de mí mismo

Esta clase de duda la sienten con frecuencia los melancólicos, aquellos que ven el mundo casi siempre gris, y sienten que el ánimo les abandona, y que, en muchas ocasiones, además de sentimientos tan lánguidos, también les acompaña una visión empobrecida de sí mismos, no siempre gris, pero con frecuencia exenta –según lo creen– de cualidades claramente distinguibles.

Trágicamente –recordemos a Hamlet– la incapacidad de mirarse a uno mismo en la justa medida, está relacionada con un tipo de parentaje sumamente exigente –ya por exceso de severidad o de libertad–, con demasiada atención en aquello que hacemos mal o carecemos, pero poca en aquello que hacemos bien o con lo cual sí contamos.

Tanta atención sobre lo que nos falta para cumplir efectivamente con los mandatos interiorizados de aquello que creemos debemos ser –“Ser o no ser, e ahí el dilema”– se cobra lo suyo al volvernos “dudosos profesionales” de nuestras propias capacidades y, por lo tanto, de nuestros alcances reales en el mundo; y a pesar de estar haciendo las cosas bien, miramos el lado obscuro, permitiéndonos caer bajo la influencia de la duda o la depresión cuando surgen las dificultades.

A todos los que dudan sobre sí mismos diré como dijo Polonio a Laertes, como consejo previo a su partida: “Sean files a ustedes mismos” [Hamlet, I, 3].

La duda reflexiva

¿Conocen ustedes a alguno que aun siendo capaz de enfrentarse a las circunstancias y resolverlas efectivamente con frecuencia depende en demasía del consejo de los demás, buscando uno y otro, casi compulsivamente, antes de poder tomar una decisión? Estos son los hiperreflexivos, que buscan y rebuscan, tratando de encontrarle explicación a lo ya explicado y de estar más que seguros sobre lo que desean pronunciarse o actuar.

Estos sobrepensadores no confían en lo que saben, y sienten, sin importar cuanto sepan, que aún tienen que aprender y prepararse más sobre algún tema específico, antes de poder ser efectivos en su toma de decisiones.

A este respecto retomo el consejo que brinda el Dr. Edward Bach en Algunas consideraciones fundamentales sobre la enfermedad y la curación: “La inestabilidad puede ser erradicada desarrollando la autodeterminación, tomando decisiones y actuando con decisión en lugar de vacilar y dudar. Aunque en principio cometamos errores es mejor actuar que dejar perder las oportunidades por falta de decisión. La determinación no tardará en desarrollarse; el miedo a zambullirse en la vida desaparecerá, y las experiencias guiarán nuestra mente a efectuar juicios mejores.”

La duda acaparadora

Un querido amigo que sufre de este mal me confesaba alguna vez, en tono jocoso, lo difícil que le resulta tomarse un café hoy día en Starbuck’s, pues no basta con decir: “Hola, ¿me da un café?”, sino que hay que proporcionar innumerables detalles: “Hola, quiero un ‘venti-latte-descafeinado-deslactosado-lite-triple-shot-extra-hot’, ¡ah!, y con un Splenda, por favor”. ¡Diantres!, qué difícil –decía mi amigo– sobre todo cuando, como yo, habemos muchos a los que en el último momento, ante la variedad de la oferta, nos asalta la duda: “¿Quiero café o té?, ¿caliente o frío?, ¿chico, mediano o grande?, ¿cargado o suave?, ¿azucarado o no?, ¿con lactosa o sin ella?” ¡Es para volverse uno loco!, todo me gusta y cuando me decido por algo, me gana el antojo de algo más.

Pues sí, yo coincido, cuando todo nos gusta y no sabemos soltar, es muy difícil decidirse, pues toda decisión siempre implica la renuncia de la opción, o las opciones, no seleccionadas, en favor de la que sí lo fue. ¿Cómo desarrollar la perseverancia para sostener lo decidido, sin importar el orden de lo implicado? La respuesta es: ejercitando nuestra capacidad de renuncia y el sano desapego de lo naturalmente gratificante. Y ¡ojo!, que no digo que nos volvamos anacoretas, sino que comencemos a discriminar efectivamente y a olvidar selectivamente, para que la decisión tomada, sea sobre un café, una pareja o cualquier otra cosa, pueda ser sostenida en el tiempo.

A todos aquellos que encuentran difícil decidir lo que desean y ordenan sus ideas con respecto a lo que les gustaría, primero probando una cosa y luego la otra, y que sienten que desean dos o tres cosas al mismo tiempo, pero no pueden decidir cuál. Les aconsejo no ser voraces, pues se pueden quedar como “el perro de las dos tortas”. La fábula de Esopo sobre “El perro que perdió su hueso” explicará bien lo que quiero decir:

“El viejo perro sujetaba firmemente su grande y carnoso hueso entre las mandíbulas y empezó a cruzar el angosto puente que llevaba al otro lado del arroyo. No había llegado muy lejos cuando miró y vio lo que parecía ser otro perro en el agua, allá abajo. Y, cosa extraña, aquel perro también llevaba un enorme hueso.

”No satisfecho con su excelente cena, el perro, que era voraz, decidió que podía, quizá, tener ambos huesos. Entonces, gruñó y lanzó un amenazador ladrido al perro del agua y, al hacerlo, dejó caer su propio hueso en el denso barro del fondo del arroyo. Cuando el hueso cayó, con un chapoteo, el segundo perro desapareció…, porque, desde luego, sólo era un reflejo.

”Melancólicamente, el pobre animal vio cómo se esfumaban los rizos del agua y luego, con el rabo entre las patas, volvió a su casa hambriento. ¡Estúpido! Había soltado algo que era real, por tratar de conseguir lo que sólo era una sombra.”

Así, ya sea por desánimo, inseguridad o voracidad, no dejemos que la duda nos gane y nos aparte de nuestro camino.

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