Algunas consideraciones sobre la voluntad

por Luis Alejandro el 1 de mayo de 2010

“La voluntad es aquella función psicológica más directamente relacionada con nuestro Ser. El psiquiatra Rank decía: «el ser humano experiencia su individualidad en términos de su voluntad, lo que significa que su existencia personal es idéntica a su capacidad para expresar su voluntad en el mundo». Como, en general, la persona no está consciente de su Ser, tampoco lo está de la más directa función de éste: la voluntad.”
Roberto Assagioli

Al preguntar sobre la voluntad la respuesta más común es la de identificarla con “cierta fuerza” capaz de inhibir o exacerbar nuestros impulsos y deseos; pero según la RAE, además de “poder”, la voluntad significa también: 1) facultad de ejercer el libre albedrío, 2) intención, 3) amor o afecto, como cuando decimos “me tiene buena voluntad”, 4) mandato de alguien y 5) aquiesencia.

La voluntad como fuerza ha sido del entendimiento común desde la época victoriana, pero la voluntad como función íntima del ser fue desterrada de su lugar pre-eminente en el mundo intrapsíquico al ser subordinada a las fuerzas del “inconsciente”.

Sin embargo, hace algunos años, el psiquiatra italiano Roberto Assagioli, fundador de la corriente denominada psicosíntesis, hizo énfasis en esta importante función del yo como la más cercana al Sí mismo, pues en efecto el hombre es sí, y sólo sí, puede expresar su voluntad en el mundo; de otro modo, existe, pero no en función de sí mismo, sino como reflejo o instrumento de la voluntad de los demás.

Así mismo, el médico Edward Bach, creador de la terapia floral, observó que la enfermedad (ontológica, psíquica o física) podía entenderse como el resultado de un doble conflicto volitivo, primeramente, como el resultado del desconocimiento de “la voz interior” –la vocación correctamente entendida como el propósito de nuestra vida, equivalente del dhârma de la psicología oriental– que resulta en un apartamiento de nuestro propio camino con la descomposición psíquica gradual que ello conlleva; o bien, como el resultado del subordinamiento de nuestra voluntad a la de los demás, que con mejores o peores intenciones nos indican qué hacer, distrayéndonos del camino auténtico que nuestro ser nos dicta. Siendo este potencial doble desvío tan equívoco como su contrario: ejercer nuestra voluntad de forma tiránica hacia nosotros mismos y hacia los demás.

Quizás la dificultad para definir la voluntad como algo más allá de la mera fuerza radica en que su experimentación vivencial se sucede en tres etapas progresivas: lo inmediato es darnos cuenta que la voluntad existe, más tarde, que poseemos una voluntad y que a través de su ejercicio somos capaces de realizar, y finalmente, que somos una voluntad, y que es su realización la que nos permite existir.

Nuestra vida diaria nos ofrece muchos momentos para darnos cuenta de la existencia de la voluntad, por ejemplo, ¿quién no ha vivido un momento de severa amenaza en el que el ser se haya vuelto completamente atento para sortear la dificultad? La atención plena es una manifestación de la voluntad.

El manejo de nuestros impulsos nos ha revelado que poseemos una voluntad, lo mismo que la búsqueda de nuestras metas; aunque “la verdadera función de la voluntad no es la de actuar contra los impulsos de la personalidad para forzar la realización de nuestros fines. La voluntad tiene una función directiva y reguladora; pone en equilibrio y utiliza constructivamente todas las otras actividades y energías del ser humano, sin reprimir ninguna de ellas.” [Dr. R. Assagioli] Es decir, que podemos beneficiarnos y utilizar cualquier función o elemento de la psique, siempre que comprendamos su naturaleza y propósito, y lo coloquemos en su justa relación con el todo, bajo la dirección de la voluntad.

Una vez completado el conocimiento de la voluntad y la experimentación de la misma como un principio regulador y directivo que da sentido a nuestra existencia y realidad, hace falta la vivencia plena de ser (y no de poseer) una voluntad.

Entre los sabios de la antigüedad esta idea era común, pues el hombre era concebido como un daimon reflejo de los dioses, principios reguladores y directores del Kosmos, que debía esforzarse por manifestar su naturaleza inherente, y no nada más quedar sujeto a la voluntad de los mismos.

Concepción más tarde reemplazada con la idea de que el hombre debía subordinar su voluntad personal a la voluntad divina, exclusivamente en el sentido negativo, volviéndose el hombre pasivo frente a una voluntad exterior que se le escapaba, siendo necesaria entonces la (frecuentemente abusiva) figura del traductor y mediador de la voluntad divina.

La crisis religiosa del mundo de hoy obliga al hombre a autodirigirse sabiamente, lo mismo que a dar sentido a la voz que interiormente le guía. Frente a la magnitud de la tarea sírvanos de consuelo la reflexión de que nadie se escapa al ejercicio diario y reiterado de la voluntad, tan sólo pasemos de hacerlo de una forma automática y centrada en la satisfacción y la inercia, moviéndonos a una expresión más sabia de nosotros mismos como voluntades encarnadas, en equilibrio con las voluntades constantes de los demás.

La intención está en la atención. La atención es un acto de voluntad, digo, “voy a estar atento”, el habito de estar atento te desvincula del esfuerzo de la voluntad y entonces es el propósito a través de ti. Es la intención. Hay una intención de base, que es el propósito y luego hay una atención que es natural, pero aquí la mente no dificulta la acción… [Vicente Beltrán Anglada]

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