Amor de un rato

por Luis Alejandro el 1 de septiembre de 2009


La moda es un asunto paradojal. Nos permite la pertenencia a un grupo social determinado, al mismo tiempo que nos define como individuos separados. Nos convierte en sujetos “sujetos” a sus designios mientras que nos convierte en objetos de deseo para los demás. La moda nos permite amar algo —o a alguien—… pero tan sólo por un rato.

La moda en sí misma es accidente, pero el carácter humano que le da vida es esencial para que ésta exista, sin el hombre, continuo argonauta del deseo, la moda como tal no existiría.

Así como Psique, al faltarle Eros, se lanzó a errar por el mundo, buscándolo sin encontrarlo, perseguida por la cólera de Afrodita que indignada por su belleza la hizo descender al Hades donde quedó sumida en un profundo sueño; así, nuestro ser busca y rebusca fuera de sí lo que únicamente dentro puede encontrar.

Para el budismo, el hombre es deseo, así como el animal es instinto y el deva fulgor. El deseo es la marca del hombre y la moda es la forma de correr impulsados por él.

Eros es el dios del Amor. Su personalidad y genealogía han variado en el transcurso del tiempo, en las teogonías más antiguas es considerado como un dios nacido a la par de Gea (la Tierra), salido directamente del Caos primitivo, o bien nacido del huevo original, el huevo engendrado por Nix (la Noche), cuyas dos mitades al separarse forman la tierra y el cielo.

Es decir, que a Eros se le representa aún en los mitos más modernos como la fuerza fundamental del mundo, aquella que asegura no sólo la continuidad de las especies, sino también la cohesión interna del cosmos.

Se ha atribuido también su nacimiento a la unión de Poro (el Recurso) y Penía (la Pobreza) lo cual lo inviste de características muy especiales: siempre a la zaga de algún objetivo —como Pobreza—, sabiendo siempre ingeniarse un medio para conseguirlo —como Recurso—, pero en vez de ser un dios omnipotente, se le considera una fuerza perpetuamente insatisfecha e inquieta.

El Amor como deseo es justamente la paradoja que la moda se arroga para inundar nuestra consciencia.

Varios de los trastornos que se han convertido en un problema de salud pública en los últimos tiempos —i.e. los trastornos de alimentación, las adicciones y la dependencia a actividades como las compras, las relaciones sexuales o el trabajo, entre otros— comparten como eje común una sensación difusa de vacío que urge llenar a toda costa; en este afán el sujeto pone en juego todos los recursos con los que cuenta, intentando saciar ese constante deseo que cada quien identifica de diferente forma, como aceptación, reconocimiento, amor, placer, etcétera.

¿Cómo despojar al deseo del rostro que adquiere para cada persona? ¿Cómo dejar al descubierto la sensación de vacío para tomar conciencia de que la búsqueda compulsiva de satisfacción es un esfuerzo inútil? ¿Cómo ayudar a redirigir la consciencia desde el objeto de satisfacción hasta un verdadero trabajo de individuación y autosostén?

Aprender a amar más allá del mero desear es una tarea ardua y paradójicamente satisfactoria, aprovecharnos de la moda para expresar nuestra esencia en lugar de quedar sujetos a ella es una colorida aventura.

Atrevámonos a amar…, pero no tan sólo por un rato.

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