Buena suerte, mala suerte, ¿alguien sabe?

por Luis Alejandro el 1 de abril de 2010

Un signo de salud interior es la capacidad de “tener sentido del destino”, es decir, “poseer la suficiente fuerza de voluntad para someter nuestra naturaleza a tal disciplina que podamos cumplir el destino que intuitivamente percibimos”.

Tal afirmación da por sentado que existe un destino, pero no un destino metafísico inexorable, inflexible y fijo del cual sólo somos partícipes como objetos pasivos sobre los cuales se cumple, sino un destino en constante cambio y transformación por nuestra interacción con la vida. Un destino del cual somos co-partícipes a través de las diarias elecciones, grandes y pequeñas, que modifican las posibilidades (y también las probabilidades) de nuestro futuro.

Este destino, como la suma de lo que hasta ahora hemos sido, resultado de nuestras tendencias actuales y nuestros actos pasados, nos vuelve sujetos activos de nuestro propio devenir y, sobre todo, nos devuelve la responsabilidad de nuestra propia vida, sin posibilidad de traspasarla a una entidad abstracta que nos ha atado de manos para ser tan sólo lo que ya somos.

Este malentendido metafísico ha dado origen a diversos excesos, mencionaré como ejemplo, un conocido caso en la literatura oriental:

Reposando junto a la rivera de un río un hombre ve pasar luchando contra la corriente a un joven que sin saber nadar está a punto de perder su vida en el torrente. El hombre lo mira ser arrastrado fuera de su ángulo de visión sin siquiera inmutarse. Cuando a éste hombre se le pregunta el por qué de su conducta, él responde que como el destino de ese hombre era morir ahogado, hubiera sido un atentado contra el orden divino hacer algo, cualquier cosa, para alterar su destino, que de todos modos ya estaba escrito.

Pero también la omnipotencia desvinculada de un orden mayor nos puede conducir a excesos lamentables. Tan equívoca es la pretensión de ser superpotentes, dueños absolutos de nuestro destino, como equívoco resulta el permanecer impotentes frente al fatuo inexorable del destino.

¿A quién no, más de una vez, le ha traído problemas el pretender que lo puede todo, lo controla todo y lo sabe todo? No sé a ustedes, al menos a mí sí.

En este caso, como en muchos otros, el sendero medio entre los extremos resulta una vía segura.

Lo voy a ejemplificar con un cuento sufi, que no por sufi dejaremos de tener en cuenta.

Había una vez un hombre que vivía con su hijo en una casita del campo. Se dedicaba a trabajar la tierra y tenía un caballo para la labranza y para cargar los productos de la cosecha, era su bien más preciado. Un día el caballo se escapó saltando por encima de las bardas que hacían de cuadra. El vecino que se percató de este hecho corrió a la puerta de nuestro hombre diciéndole:

—Tu caballo se escapó, ¿que harás ahora para trabajar el campo sin él? Se te avecina un invierno muy duro, ¡qué mala suerte has tenido!

El hombre lo miró y le dijo:

—¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Allah lo sabe.

Pasó algún tiempo y el caballo volvió a su redil con diez caballos salvajes con los que se había unido. El vecino al observar esto, otra vez llamó al hombre y le dijo:

—No solo recuperaste tu caballo, sino que ahora tienes diez caballos más, podrás vender y criar. ¡Qué buena suerte has tenido!

El hombre lo miró y le dijo:

—¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Allah lo sabe.

Más adelante el hijo de nuestro hombre montaba uno de los caballos salvajes para domarlo y calló al suelo partiéndose una pierna. Otra vez el vecino fue a decirle:

—¡Qué mala suerte has tenido! Tu hijo se accidentó y no podrá ayudarte, tu eres ya viejo y sin su ayuda tendrás muchos problemas para realizar todos los trabajos.

El hombre, otra vez lo miró y dijo:

—¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Allah lo sabe.

Pasó el tiempo y en ese país estalló la guerra con el país vecino de manera que el ejército iba por los campos reclutando a los jóvenes para llevarlos al campo de batalla. Al hijo del vecino se lo llevaron por estar sano y al de nuestro hombre se le declaró no apto por estar imposibilitado. Nuevamente el vecino corrió diciendo:

—Se llevaron a mi hijo por estar sano y al tuyo lo rechazaron por su pierna rota. ¡Qué buena suerte has tenido!

Otra vez el hombre lo miró diciendo:

—¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Allah lo sabe.

La entereza de este anciano campesino surge de la fe en que existe un cierto orden, del cual no podemos escapar, pero que nosotros mismos hemos creado. Así que ni buena suerte, ni mala. Tan sólo la certeza de que acontecerá todo aquello que deseemos mientras tengamos “sentido del destino”, una extraña mezcla entre determinación, deseo, fuerza de voluntad, claridad de metas y confianza en el porvenir. Sólo así, podremos darnos cuenta que no tan sólo el destino es algo que nos acontece, sino que también nosotros le acontecemos al destino.

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