De la dependencia a la interdependencia

por Luis Alejandro el 1 de septiembre de 2010


Todo el tema del desarrollo humano bien podría entenderse como una constante búsqueda de independencia.

En un principio, la independencia como seres vivientes separados de nuestra madre, más tarde la separación lograda al poder desplazarnos por nosotros mismos, después la emoción de comenzar a tener un mundo escolar personal independiente de nuestra familia, y posteriormente la necesidad de alcanzar una propia identidad separada.

Para muchos, la meta de una identidad autónoma, individual y auténtica, no dependiente de nuestra familia, entorno social o época cultural, es la quintaesencia del proceso de convertirnos en personas. Yo no discrepo de ello, pero sí lo matizo, pues algo así como un estado de completa independencia no es posible ni biológica ni psicológicamente.

Primero que nada debemos darnos cuenta que para el buen logro de todos los procesos de búsqueda de independencia recién descritos es necesaria una intensa relación con los demás, pues sólo en relación es que crecemos. En relación nos conocemos al conocer al otro, y en relación aprendemos a ir de la dependencia a la independencia, y desde ahí a la interdependencia.

Quizás el principal obstáculo para la adquisición de una visión interdependiente de la vida es la asociación íntima que hacemos de la dependencia con debilidad, sumisión y sometimiento, de ahí que desesperadamente queramos movernos a un estado de relativa independencia. La independencia, por otra parte, quizás nos parezca todo lo contrario, un estado de fortaleza, logro, adquisición y cumplimiento, de ahí que desesperadamente lo anhelemos.

Lo cierto es que la verdadera madurez está más allá de la dicotomía formada por el yo y el no-yo, es decir, los pares de opuestos que surgen entre lo que considero como mi persona (mis pertenencias, mis gustos, mis habilidades, etcétera) y lo que no soy yo (todo lo demás).

El principio de la triangulación ha sido usado para resolver polaridades en conflicto, y podemos utilizarlo también para ir más allá del yo y el no-yo, la dependencia y la independencia, hacia un estado que los sintetice y a la vez los trascienda. En filosofia tenemos la dialéctica hegeliana que postula la triada de tesis, antítesis y síntesis; en psicología Carl G. Jung postula “Porque toda tensión de opuestos culmina en una liberación, de la cual surge un tercero. En el tercero se resuelve la tensión y se restaura la unidad perdida”.

El tercero en cuestión al que debemos aspirar en este caso es la Interdependencia, que como concepto incluye pero trasciende tanto a la dependencia como la independencia. Incluye a la dependencia porque presupone la capacidad de confiar en los demás y de permitirnos que otros cubran algunas de nuestras necesidades individuales, al mismo tiempo que ejerciendo nuestra individualidad (e independencia adquirida) somos capaces de desarrollar habilidades propias que a la vez que nos sirven, también son adecuadas para poner al servicio de los demás y retribuir así lo que de ellos hemos recibido.

Esta es una definición empírica y sencilla de la interdependencia, un estado donde somos tanto dependientes como independientes, pero sobre todo más felices, pues al no tener miedo de ser débiles, ni tampoco buscar desesperadamente ser fuertes para oponernos a los demás, alcanzamos un estado de auténtica fortaleza, libre de la intensa carga de tensión que la competitiva vida moderna nos provee.

¿Y tú, te sientes listo para dar algún paso hacia la interdependencia? Compártelo con nosotros.

Suscríbete para recibir actualizaciones automáticas del nuevo contenido

Artículo previo:

Siguiente artículo: