Razones más, razones menos…

por Luis Alejandro el 1 de febrero de 2010

Mi paciente me miró con la complicidad de quien busca a un viejo amigo: “¿Verdad que tengo la razón?”

Muchas veces se me ha abordado con esta pregunta o alguna similar que avale el discurso pronunciado.

La razón, creo entender, es algo individual, dependiente de la historia, los puntos de vista y las experiencias de cada uno, me parece que no es algo universal e invariable a lo que uno pueda aferrarse en momentos de desesperación o congoja. Sin embargo, hay muchas personas que sí la consideran un bien inestimable y dedican mucho tiempo a cultivarla.

Todos nosotros construimos esquemas para explicar el mundo y su sustancia, nuestro andar en él y sobre todo sus propuestas (que con frecuencia nos agarran por sorpresa). Eso no está mal, pues nos da seguridad y nos permite enfrentar nuestro diario vivir; pero cuando en lugar de vivir y amoldar nuestras creencias a la experiencia, comenzamos a hacer lo contrario y entonces amoldamos la experiencia según nuestras creencias, la cosa ya no va tan bien.

¿De qué nos sirve tener la razón, cuando quizás en su búsqueda nos quedamos solos, alienados, o al menos, incapaces de disfrutar la vida tal cual es? Conforme aumentamos la solidez de nuestros esquemas y creencias puede ser que la felicidad se nos esté escapando.

Frente a sentencias tan categóricas como: “¡Todos los hombre son iguales!”, “Cría cuervos y te sacarán lo ojos”, “Por más que le he dicho que ya no lo haga, lo sigue haciendo como si no me escuchara”, entre muchas otras; en ocasiones, he podido comentar a mis pacientes: “Puede ser que tengas razón, aunque también existe la posibilidad de que…”

Razones más, razones menos, casi a todos nos gusta tener la mayoría de las veces la razón, mis pacientes no son la excepción, así que de vez en cuando me he llevado un portazo en las narices cuando se marchan indignados por lo que escucharon, sin embargo soy consciente de que a la larga más de uno (con mucho trabajo y un poco de suerte) han podido dejarse no siempre tenerla y así ganar un poco más de libertad.

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